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lunes, 19 de febrero de 2018


Los compadres Olvido y Violencia

En nuestra vereda, ubicada al nororiente de Colombia, existe un par de personajes molestos y que a muchos nos incomodan. Hablo de los compadres Olvido y Violencia, un matrimonio para nada santo. Todos los llamamos así, “compadres”, porque los conocemos de hace tiempo, aunque no nos guste su compañía.
Voy a compartir con ustedes algunos recuerdos para que entiendan por qué tengo un profundo  temor por los compadres Olvido y Violencia. Hace tiempo, esta pareja se encargó de molestar a nuestros hijos. Luego de escuchar sus consejos y gritos, los niños no quisieron volver a estudiar: “que para qué leer y conocer la realidad en la que viven; que la historia no sirve para nada; que la ciencia es una pérdida de tiempo; que lo importante es el dinero fácil y rápido”, todo eso les dijeron.
Al principio nuestros hijos no los escucharon, se resistieron, pero luego a este par se les unió un compinche, el compadre Centralismo. Nunca más volvieron a llegar los refrigerios, ni los maestros, ni las cartillas para estudiar.
Llamamos al compadre Gobierno, que hace cuatro años prometió que nunca nos abandonaría y que siempre iba a estar pendiente de los estudiantes. Cuando le comenté lo que estaba pasando, se empezó a cortar la comunicación, parece que desde entonces se le dañó el celular, porque nunca contesta mis llamadas. Con las barriguitas vacías y el temor de presenciar los espectáculos de la comadre Violencia (es que hay que escuchar cómo resuenan sus gritos), nuestros hijos no volvieron a estudiar, algunos apenas aprendieron a leer.
Los compadres tienen un hijo que se ha ido ganando el corazón de muchos en la vereda, de cariño varios cercanos  le dicen ‘primo Rencor’. A ratos se ve a toda la familia practicando maldades. Por ejemplo, entre los tres empezaron a difundir rumores sobre el sacerdote del pueblo. Lo cogieron entre ojos porque era joven y después del evangelio hablaba de las cooperativas, del trabajo en equipo, de la equidad, del amor de cristo por los demás, pero, sobre todo, porque pedía respetar el quinto mandamiento: no matarás. Una noche se armó una gran correría: esta familia lo visitó y nadie lo volvió a ver.
En otra oportunidad, a 10 minutos de la vereda, unos campesinos colonos estaban exigiendo la legalización de sus predios. Los patrones, Mariano Miseria y Laureano Oportunismo, llamaron de inmediato a ese par para que los ayudaran con ese problema. Los compadres ViolenciaOlvido, estrategas en su proceder, esperaron a que regresaran a sus casas, porque dispersos y junto a sus familias era mucho más fácil doblegarlos. Así fue como en la madrugada visitaron uno a uno a los trabajadores. Fue tan efectiva la estrategia que la mitad no volvió a trabajar nunca más en ningún otro lugar.
Hablando con los más viejos de la vereda, me contaron que la comadre Violencia viene de una familia longeva. Su abuela se llamaba Desigualdad y su abuelo Egoísmo. Su mamá llevaba el mismo nombre: Violencia. La comadre Violencia que nos atormenta hoy nació en los años 30 del siglo XX. Según cuenta mi vecina, tuvo muchos padres renombrados que quisieron darle el apellido: el doctor Acaparamiento Terreros, don Evaristo Avaricia, el siempre metiche Egoísmo Gómez Castro (de ese sí que he escuchado hablar mucho, que dizque sí que dio lata tiempo después, unos dicen que era un matón de cuello blanco, otros afirman que por su culpa es que vivimos este drama). Su mamá dijo que cualquiera de ellos tres podría ser el padre de la Violencia que había nacido.
El compadre Olvido es más difícil de descifrar. Perteneciente a la rancia alcurnia de vieja data, también lleva el nombre de su tátara abuelo, el general Olvido Plata, quien luchó contra las tropas que buscaron la independencia en el siglo XIX. El primer Olvido buscó una y otra vez que los patriotas no recordaran lo que les había sucedido a los comuneros, a Francisco José de Caldas, al militar Antonio Villavicencio, y a todos los otros. Y aún después de libertados los territorios nacionales, los seguidores y descendientes de Olvido Plata seguía dando lata. El gran general Francisco de Paula Santander pensó que una forma de menguar los estragos de Olvido era crear la Universidad Central, pero no fue suficiente, ya que Plata dejó su semilla. Ahora su descendiente directo, que lleva el mismo nombre, el compadre Olvido, germina con más fuerza en las zonas rurales del país.
Mi vecina, doña Sixta, lleva mucho más viviendo por estas tierras y me cuenta que desde ‘guámbitos’ conoce a los compadres Olvido y Violencia, dice que tienen una buena salud, aunque sean realmente unos adefesios, y que los ha visto enfermos pocas veces, “pero cuando caen en cama, lo hacen de muerte”. A pesar de que no se acuerda de fechas exactas, sí recuerda los hechos que suceden los días en que ellos enferman, como cuando se creó la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos (ANUC) o cuando grupos armados ilegales como el M-19, EPL y el Movimiento Armado Quintín Lame se desmovilizaron y pasaron a la contienda política.
La más reciente recaída de los compadres fue el año pasado. Doña Sixta dice que se acuerda mucho porque estaba escuchando las noticias en la radio y los locutores contaron que la guerrilla de Marulanda firmaba un acuerdo de paz en Cuba. “Es impresionante ver cuando se enferman los compadres Olvido y Violencia, parecen dejar este mundo en medio de retorcijones. Yo le subo a la radio para no escucharlos, pero nada, siguen así”, enfatiza doña Sixta.
Por aquí nadie los extraña, y es que ellos viajan mucho. Un día los escuché ufanándose de que conocían muchos lugares de Colombia por los que iban y venían constantemente. Doña Margarita, otra vecina, dice que se fueron al suroccidente del país, invitados por su amigo, Impunidad Perpetua. Después escuché en la radio que habían matado a un amigo mío, de esa región,  Temístocles Machado, un líder social. Yo sigo llamando al compadre Gobierno, pero nunca contesta.

Artículo tomado de 
https://colombia2020.elespectador.com/opinion/los-compadres-olvido-y-violencia

Hip hop contra la violencia: Sisimico

Jhon Pereira, cantante y líder de la comunidad hip hop, canta desde el estudio de grabación de la casa de la cultura del barrio Libertadores, al sur de Bogotá. En ese espacio. hace unos años, estaban ubicados los calabozos de la estación de Policía.




Video tomado de https://colombia2020.elespectador.com/pais/hip-hop-contra-la-violencia-sisimico

Gestos que matan o salvan vidas






Rodrigo Uprimny Yepes
    ruprimny@dejusticia.org

Estamos entrando a un periodo electoral turbulento y peligroso. Nuestros líderes políticos tienen una responsabilidad moral y política enorme, que no pueden eludir.

En sociedades divididas, hay palabras y gestos que incrementan los odios y desembocan en violencias, a veces letales y masivas. Las palabras a veces matan. Pero en esas mismas sociedades divididas, las personas, y en especial los líderes, pueden decir cosas y realizar gestos que, sin desconocer las diferencias, tiendan puentes de humanidad entre los bandos enfrentados, con lo cual reducen las enemistades y evitan violencias letales y masivas. Las palabras a veces salvan vidas.
En Colombia existen muchos casos de palabras y gestos que han provocado violencias terribles. Recordemos por ejemplo a monseñor Builes, obispo de Santa Rosa de Osos, quien desde los años 40 atizó los odios contra los liberales y los comunistas e invitó a los católicos a combatirlos “hasta la última gota de sangre”, con lo cual alimentó las terribles violencias de ese período.
Infortunadamente el caso de Builes no es único. En otros momentos y otras regiones, otros personajes han alimentado también con sus palabras y sus gestos nuestros odios y violencias. Basta tomar en cuenta las recientes declaraciones y gestos guerreros del Eln frente a un país que clama por salir de la guerra residual que persiste con este grupo. Es más, esa tradición de violencia sectaria ha sido tan larga y amplia y ha sido tan cuidadosamente documentada que a veces los colombianos creemos que es la esencia de nuestra nacionalidad. Pero no es así: al lado de esa innegable historia de enfrentamientos sectarios violentos, los colombianos hemos logrado desarrollar experiencias extraordinarias de convivencia democrática y de acercamiento entre rivales, incluso en condiciones muy difíciles.
Una de esas experiencias notables es la del municipio de Aguadas, en Caldas, que fue documentada por Paul Oquist en su tesis doctoral sobre la violencia de los 50, luego publicada como libro (Violencia, conflicto y política en Colombia). Este caso es extraordinario porque Aguadas fue una especie de isla de paz en una región de violencia muy intensa en esos años: el norte de Caldas y el sur de Antioquia. ¿Qué pudo explicar esta paz en Aguadas? La respuesta de Oquist parece tan de ficción que cuando la comenté a uno de mis hijos no me creyó y sólo la aceptó después de leer el texto de Oquist.
El misterio de Aguadas residió en que las élites locales conservadora y liberal hicieron esfuerzos consistentes en esos años por conservar un entendimiento democrático en el municipio, a pesar de la violencia bipartidista que existía en gran parte del país y en la región circundante, para lo cual, cuenta Oquist, “renovaban periódicamente su alianza mutua en reuniones ceremoniosas efectuadas en la plaza pública y ante gran concurrencia”. Las ceremonias y los gestos de esas élites de Aguadas le evitaron así a ese municipio el terror que vivieron sus vecinos.
La experiencia de paz de Aguadas es notable, pero no es única. En esa época otras regiones, como la costa Atlántica o Nariño, lograron igualmente escapar a la violencia por entendimientos semejantes de sus élites locales. Y en otros períodos hemos tenido igualmente élites locales o nacionales que han logrado gestos y palabras que han salvado vidas.
Estamos entrando a un periodo electoral turbulento y peligroso. Todos nosotros, pero especialmente los líderes políticos, tenemos una responsabilidad moral y política enorme, que no podemos eludir: tenemos que decidir si atizamos los odios, con palabras y gestos polarizantes, semejantes a los de monseñor Builes, lo cual podría desembocar en violencias terribles. O si optamos por el ejemplo pacificador de los líderes locales de Aguadas, cuyos gestos y palabras salvaron muchas vidas.

miércoles, 7 de febrero de 2018

Por un pacto contra los asesinatos




Rodrigo Uprimny Yepes

ruprimny@dejusticia.org

La foto con la franca sonrisa del líder social asesinado Temístocles Machado y sus entrevistas o los artículos sobre su vida y su lucha le pusieron una cara a la violencia contra los líderes sociales.

En febrero de 2017 escribí la columna “¡Basta ya!”, condenando los asesinatos de líderes sociales e invitando a formar un pacto político y social contra esa violencia. Un año después, dolorosamente, tengo que plagiar esa columna, pues el fenómeno no sólo continúa, sino que se ha agravado, mientras persiste la indiferencia social frente a esos crímenes y las respuestas estatales siguen siendo insuficientes cuando no inaceptables, como atribuir esa violencia a líos de faldas.
Esto es gravísimo, pues la violencia contra líderes sociales, defensores de derechos humanos, activistas políticos y desmovilizados de las Farc no sólo es humanamente dolorosa, sino que representa una amenaza muy seria a la paz y a nuestra precaria democracia.
La evidencia en estos meses ya es suficiente para concluir que esta violencia no sólo se ha generalizado, sino que responde a ciertos patrones sistemáticos. Como lo han mostrado diferentes informes, como el de la Oficina del Alto Comisionado de Derechos Humanos de la ONU, la mayoría de las víctimas ejercían liderazgos sociales, muchos de ellos vinculados a reclamos de tierras, en zonas que eran dominadas por las Farc y en donde operan grupos herederos del paramilitarismo.
Este tipo de violencia responde además a un patrón antidemocrático histórico colombiano, conforme al cual las aperturas democráticas son violentamente cerradas por un aumento de la violencia contra los líderes sociales, desplegada usualmente por grupos paramilitares, como lo ha mostrado, por ejemplo, el riguroso análisis econométrico de los profesores de los Andes Fergusson, Querubín, Ruiz y Vargas (“La verdadera maldición del ganador”).
Debemos enfrentar y superar esa violencia, lo cual supone respuestas en distintos frentes: el Gobierno debe hacer todos los esfuerzos por prevenirla y la Fiscalía debe esclarecer los crímenes y llevar a juicio a los responsables. Pero hay algo más que podemos y debemos hacer, que es una propuesta que hemos compartido con Rafael Guarín, del Centro Democrático: generar un rechazo masivo a esos crímenes, por medio de un pacto de todas las fuerzas políticas, sin importar su orientación, que condene esos crímenes, sin importar si las sensibilidades políticas de las víctimas eran o no las mismas que las nuestras.
Esto es muy importante, pues la sistematicidad de esta violencia no significa que obligatoriamente haya un plan de exterminio organizado centralmente por alguien. Puede que dicho plan exista, pero es más probable que la sistematicidad provenga de que grupos locales diversos se consideran políticamente autorizados para perpetrar esos crímenes porque sienten que algunas fuerzas políticas nacionales aprueban esa violencia, por cuanto no la han rechazado explícitamente. Un pacto político genuino y claro de condena de esos crímenes por las principales (ojalá todas) fuerzas políticas, semejante al que se hizo en España hace años condenando la violencia de Eta, eliminaría cualquier ambigüedad sobre el tema y privaría esos crímenes de cualquier asomo de legitimidad.
La foto del líder social asesinado Temístocles Machado, con su franca sonrisa, le puso una cara a esa violencia contra los líderes sociales. Como homenaje a la memoria de este líder y de los otros centenares que han sido asesinados debemos lograr ese pacto político. Invito a liderar ese esfuerzo al presidente de la República, como representante constitucional de la unidad nacional, junto al senador Álvaro Uribe, por su indudable liderazgo político, y al padre Pacho de Roux, por su indudable liderazgo moral y por ser presidente de la Comisión de la Verdad, que no es sólo una Comisión de la Verdad, sino también de convivencia.
Artículo tomado de https://www.dejusticia.org/column/por-un-pacto-contra-los-asesinatos/

lunes, 13 de noviembre de 2017

Acciones colectivas de las mujeres en contra de la guerra y por la paz en Colombia

De María Eugenia Ibarra Melo 

El artículo describe y analiza las acciones colectivas de las mujeres en contra de la guerra y por la Paz en Colombia. De igual modo, se estudia con las categorías de género y acción colectiva cómo ésta participación política apoya otros procesos emancipatorios que implican interacciones estratégicas. 

Ibarra Melo, M. (2007). ACCIONES COLECTIVAS DE LAS MUJERES EN CONTRA DE LA GUERRA Y POR LA PAZ EN COLOMBIA. Revista Sociedad y Economía, (13), 66-86.  

Para leer el artículo completo http://www.redalyc.org/html/996/99616721004/

La Política como obra de Arte 

Por Angela María Robledo

“Somos una reserva ética para la política, para la paz, para la economía de un país. Hay una continuidad de esa tarea que arranca en el espacio privado. O sea, no hay que empezar a decir que vamos a hacer política cuando vamos al Congreso. No, eso arranca en los espacios domésticos, donde te peleas tus lugares y construyes tu libertad día a día” Ángela María Robledo.
No puedo contar esta historia sin reconocer a las muchas mujeres que con su fuerza, su coraje, su testimonio de vida y su valor han nutrido estos años de mi tránsito por el Congreso de la República, un lugar patriarcal, anárquico, adusto si se quiere, pero también un escenario privilegiado en donde se puede hacer de la política una fascinante obra de arte.
Mi experiencia ha estado siempre guiada, compartida, codividida, nutrida y cuestionada por extraordinarias mujeres que en Colombia trabajan, siembran, tejen, paren y ayudan a parir paz en la cotidianidad. Mujeres que, como yo, son muchas en una: feministas, activistas sociales, madres, cuidadoras, empleadas domésticas, víctimas, mujeres cabeza de familia, jóvenes estudiantes, académicas, funcionarias públicas, activistas de derechos humanos, ciudadanas, lideresas comunitarias, desmovilizadas, rebeldes y políticas (…) Todas con la certeza de que el vuelo de una pequeña mariposa puede significar la diferencia.
Este espacio es corto para todas ellas, pero recuerdo hoy a Angélica Bello, una víctima de violencia sexual cuyo testimonio se sumó al de tantas otras que inspiraron la Ley 1719 de 2014, que busca garantizar el acceso a la justicia de las víctimas de violencia sexual, como es el caso de más de medio millón de mujeres en Colombia. Conocí a Angélica durante un debate de control político, su contundente testimonio de cómo su cuerpo y el de sus hijas había sido territorio de guerra para los paramilitares, para amilanar su fuerza y obligarla a desplazarse varias veces, me conmovió hasta las lágrimas.
Angélica no fue sólo la inspiración para la ley, sino que su testimonio y su vida nos dieron la fuerza para superar los múltiples obstáculos que atraviesan las leyes para las mujeres en el Congreso, pues a pesar de algunos logros, nuestras agendas siguen siendo marginales. Ella nos enseñó que se puede transitar del dolor a la dignidad y ayudar desde nuestra fuerza serena a cambiar el mundo. La voz de Angélica fue imprescindible para exigir atención psicosocial para superar tanto dolor y caminar hacia la reconciliación.
Hemos insistido con Liz Arévalo y Carolina Corcho en que el Estado debe superar las múltiples precariedades de la salud y la atención psicosocial para las víctimas del conflicto armado y desarrollar propuestas para que se haga énfasis en una atención en salud de calidad, realmente reparadora para ellas.
Las mujeres de este país, además de la guerra armada, han sufrido guerras simbólicas, exclusión e inequidad, pero de esos dolores se levantan para tejer colectivamente proyectos altruistas cargados de sentido, ese es el caso de María Roa. María botó literalmente su delantal de trabajadora doméstica y pasó a presidir la Unión de Trabajadoras Afrocolombianas del Servicio Doméstico. Con María y otras mujeres propusimos la Ley 1788 de 2016, que reconoce el pago de prima a unas 800 mil personas que prestan el servicio doméstico, de las cuales el 95 % son mujeres. Con ella y otras tantas, como Ana Isabel Arenas y Alejandra Trujillo, avanzamos en la mesa de economía del cuidado que hoy perfila un Sistema Nacional de Cuidado que reconozca el aporte que producen las mujeres desde sus hogares a la riqueza de nuestro país.
De la mano de mujeres como Ruth Chaparro, Vilma Gómez y Remedios Uriana denunciamos el exterminio de los niños wayuus y la situación que viven los indígenas en La Guajira. Distintos datos nos llevaron a concluir que cada día dos niños mueren de física hambre y que más del 70 % sufre desnutrición crónica, al punto que obligamos al Gobierno a instalar la Mesa de Seguimiento Permanente a esta problemática. Logramos poner a La Guajira en la agenda nacional.
Fue gracias al trabajo solidario y riguroso que hicimos con María Cristina Hurtado que logramos cerrar algunos centros de reclusión para muchachos en conflicto con la ley, que en su mayoría son jóvenes sin oportunidades de trabajo y educación. Logramos mostrar que el Sistema de Responsabilidad Penal para Adolescentes (SRPA) tenía enormes vacíos en su implementación y que muchos de estos “centros de rehabilitación” eran en realidad cárceles donde se violaban sus derechos.
Mariela Ávila, madre de familia del Colegio Metropolitano del Sur en Santander, y un grupo de mujeres denominado “Las Polas”, nos ayudaron a documentar y denunciar lo que en su momento se llamó “el carrusel de la alimentación” (corrupción en los programas para niños y ancianos) del ICBF, que le valió la renuncia a la directora Elvira Forero, en el año 2011.
Olga Amparo Sánchez, como tantas otras, ha sido nuestra aliada para denunciar las violaciones permanentes a los derechos humanos de las mujeres, la violencia sistemática, así como los feminicidios que aumentan día a día en medio de una impunidad que raya el 98 %. Con ella y otras mujeres nos aprestamos a conmemorar este 1° de diciembre 60 años del voto en búsqueda de paridad.
Difícil y lento. Las mujeres ocupan tan sólo el 15,6 de los cargos de elección popular, a pesar de la Ley de Cuotas. En la última legislatura, el número de mujeres congresistas aumentó siete puntos, pasando de 14,1 % a 21 %. Sin embargo, muchas de las 52 mujeres que llegaron al Congreso lo hicieron con dudosas agendas. En la reforma política que recién aprobó el Congreso, las mujeres quedamos otra vez excluidas. De paridad, alternancia y universalidad, ¡nada!
No claudicamos. Seguiremos trabajando juntas, transgrediendo y construyendo empoderamientos colectivos que nos permitan superar las diferencias, reencontrarnos y reconciliarnos para reivindicar el papel cotidiano de tejedoras de paz y soñar con nuestro valle encantado como María Zabala, a orillas del rio Sinú.


Reconociendo a los LGBTI para construir la paz


Por Andrés Cardona



La construcción de paz implica, como primera medida, el reconocimiento de todos los colombianos como ciudadanos de primera categoría, con igualdad de derechos y deberes sin importar sus preferencias sexuales o su orientación de género.
En esta ocasión, Andrés Cardona del Proyecto VIH del Fondo Mundial-FONADE, le cuenta a los jóvenes de Humanum cuáles son los principales retos que debe asumir la ciudadanía para conseguir una sociedad equitativa para todos los géneros.

La Corte Interamericana de Derechos Humanos invita al evento denominado "40 años de Corte IDH y su impacto en Colombia" a reali...